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Posts Tagged ‘ciclismo en la ciudad’

Es preciso entrar al blog y aportar una nueva entrada.  Valga la redundancia nada más comenzar. Es preciso decir algo, escribir algo, para que no muera. Allá va.

Vivo en una ciudad enorme, cuyo nombre me reservo. Una  inmensa mayoría de la población tiene siempre prisa, catorce horas al día, también por decir algo. Desde las siete y media de la mañana hasta las nueve y media de la noche, mucha gente corre por la ciudad, en los más variopintos tipos de vehículos que uno imaginarse pueda.

Los coches, pitando de modo impertinente al mínimo movimiento o suspiro del anterior o del siguiente, son el problema número uno irresoluble de la ciudad, salvo que la gobernara provisionalmente un gran pelotón militar, por ejemplo durante un año. Es una idea un poco burda, pero podría ser una solución. Pienso en el espíritu germánico de organizar la vida, tópico mayor. A lo mejor funcionaba. Pero no debe interesar porque no se abordan decisiones  que parecerían inaplazables, con atroz empeño. Existe el tranvía, mi preferidísimo aunque no lo tomo nunca. Muchos y viejos autobuses públicos y otros más nuevos. Miles y miles de taxis, rojos unos, blancos otros. Centenares de autobuses escolares de mediano tamaño, con las caritas de los niños adormecidos pegadas a los cristales de las ventanillas, soñando. Motos, algunas de ellas, atronando los barrios, calles y aceras por donde pasan y cortando la respiración de los sufridos viandantes. Y además de camiones y camionetas de los más variados estilos y antigüedades, de carros con o sin asnos en las afueras y no tanto, están por fin las bicicletas.

Es mi medio de locomoción desde que me encuentro viviendo en este océano urbano. Se asombran los compañeros de trabajo, ¡qué le voy a hacer! Creo que todos los que la montan, lo hacen para deporte más fuerte que un recorrido madrugador y corto, o para deliciosos, tranquilos paseos, por las bellísimas y famosas “corniches”. Es curioso, con lo práctica y útil que es: no se usa digamos que por una clase media de la ciudad, para ir a la oficina.

El “colectivo ciclista” donde vivo, no es demasiado variopinto: la mayoría son pobres en bicicletas requeteusadas, reparadas y aprovechadas en muchas de sus piezas. De colores pasados por el oxido de años. Con sillines insospechados para conseguir un recorrido con el menos malo acomodo posible. Algunos otros son mochileros despistados, muy libres ellos, que van a su estudio o a su trabajo, riéndose en su interior de los conductores que en semáforo en rojo hacen largas colas momentáneas: el ciclista siempre logra raudo colocarse en primera fila de salida. Otros, en este medio de locomoción de dos ruedas y sin motor, van a ganarse su pan trayendo y llevando pequeña paquetería de unas cuantas cuadras de acá para allá, o de un barrio a otro, por la inabarcable urbe. Todos llevamos nuestra cesta, en el manillar de delante o en los antiguos sillines de atrás; de metal, de mimbre o con cajas de fruta de madera, muy bien recicladas para esta función. Otro dato: mujeres en bicicleta por la mañana no me he encontrado nunca ninguna. Eso sí, me gusta mucho ver las bicicletas aparcadas al lado de los coches en el parking donde vivo; significa que alguna vez, algún vecino se montará en ellas, imagino que siempre será la chavalería.

Tengo la intuición un poco negra, que puedo morir con los pedales puestos: esta tarde un coche mal aparcado en segunda fila, abrió su puerta, no me vio y me estampé contra su espejo retrovisor: ¡lo siento, señora! Menos mal que los frenos revisados hace poco me han salvado de una estúpida y estrafalaria caída. Corto y cierro: me inspiró el post, el enlace de hoy mismo, tierno en los periódicos: Los franceses tendrán ayudas por acudir al trabajo en bici

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