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Archive for the ‘Economía’ Category

Vuelvo a España, a mis madriles, después de tres meses fuera. Me gusta mucho recorrer el barrio de mi antiguo trabajo y tomar el café con mis compañeras íntimas. Comentamos cómo nos va la vida a unas y a otras y paseamos diez minutos bajo el espléndido,  suave y temprano sol de las once horas.

Me siento verdaderamente entristecida con la profunda herida que la crisis ha dejado en el pequeño comercio del barrio. La excelente perfumería regentada por unas señoras mayores amables y encantadoras ha cerrado. Me justifica mi amiga: “no, esta tienda no se ha cerrado por la crisis; las tenderas eran muy mayores”.  Medio me lo creo y recuerdo a mi tío y a mi padre en una antigua ferretería que regentaron el negocio en otra ciudad hasta pasados sus noventas años, con empleados a su cargo, además de mantenerse ellos en su entorno de siempre.

Volviendo al barrio de mi trabajo, el mercero aguanta el tipo con dos de sus hijos muy dignamente, eso sí con las estanterías de hace setenta años y lo mismo podemos decir del mostrador. No me he percatado en este viaje si todavía continúan con la actividad suplementaria de alguna señora que arregla las carreras en las medias de las mujeres: cuando había retraso en la recogida de las medias, ponían un papelito blanco en la envejecida puerta, para recordar a las clientas su pequeño olvido.

Sin embargo ha cerrado mi maravillosa tienda de materiales para la encuadernación Chagrin, en la que vendían todo tipo de elementos que necesitaban para su arte, bien el profesional o bien el aficionado. Era principalmente un santuario a visitar de soberbias guardas para libros, elaboradas por los más afamados pintores de este minoritario arte de Madrid y algunos de Cataluña. Deberé indagar en alguna antigua tarjeta el motivo del cierre. Ojalá que el motivo de su cierre no haya sido la crisis.

Tenían plásticos y papeles gris oscuro los escaparates de un lindísimo chaflán, donde se vendían diversas telas de panamá y los modelos de dibujos preparados para el punto de cruz.  La dueña había llegado a montar un tallercirto encantador de aprendizaje de este laboriosísimo arte.

Ya en un viaje mío anterior, en el local donde se vendían preciosas ropas de bebé, se había instalado con cierto lujo una tienda de ropa china para mujer. No solo en la calle principal del barrio, sino en varias adyacentes, estas tiendas reinan por doquier. De este asunto del comercio chino que silenciosamente invade Madrid y centenares de ciudades del mundo me ocuparé algún otro rato.

Sin estar en las cuadras del barrio, pero sí a tres o seis manzanas más, me ha dado escalofrío pensar en en las dificultades de las tiendas Musgo y que la ropa de Adolfo Domínguez no se vende como hasta anteayer. Su estilo me subyuga y el lema de “la arruga es bella” siempre me pareció acertadísimo, casi inmortal. Prometo comprar siempre ropa de estas austeras y elegantes tiendas, eso sí, aprovechando la temporada de muy provechosas rebajas.

El restaurante que fue griego y pasó a otras modernas manos de nuevo diseño, de interior  y de restauración,  en dos años de nuevo, zas, cierre al canto. Y también ha cerrado la tienda de muebles de La Cartuja, llena de sobriedad y buen gusto. Menos mal que se mantiene el mercado de siempre.

Corto y cierro:  no he podido disimular mi gusto por el pequeño comercio, aún complaciéndome un montón igualmente paseando y revolviendo el género en las grandes superficies. Pero el sabor, la vida que da el pequeño comercio a las pequeñas y medianas calles de los barrios de las ciudades, es inigualable.

Leer y recordar un poco para no olvidar:  Los comercios históricos del barrio.

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Me presento muy seria ante él, concentrada en los menús hiper modernos que presenta. Tecleo la contraseña un par de veces, además de ocultar, secreto bis, el tecleo de la citada contraseña con la mano libre que me queda.  Le solicito 350 euros para tirar veinte días sin visitarlo y me da con toda su cara 170 euros. La avería de hardware ha provocado un impertinente error de software. Naturalmente que en el resguardo solicitado impreso figuran los 350 euros solicitados que no sacados ¿Cómo demostrar tu verdad contra la suya? Marco de modo inmediato el teléfono de pago de gran ayuda para estos casos de excepción y, la voz agradabilísima del contestador, siempre femenina, que me va desgranando qué deseo plantear a mi estimado banco, me espeta entre múltiples opciones “retención de importe en cajero”:  debe de suceder ya tan a menudo que ha ascendido el suceso a categoría a resolver.

Espantada por el recuerdo de hace unos años que tardaron en devolver a un conocido la cantidad retenida ¡mes y medio!, les insisto que debería quedar resuelta la incidencia en el mínimo tiempo posible. Así fue. A las 48 horas asunto resuelto. Solo me queda una pregunta: ¿por qué los cajeros se quedan dinero algunas veces cuando solicitas determinadas cantidades en lugar de darte de más? Son muy listos y en el programa que manejan estos grandes muebles semiurbanos, debe de existir una orden clara: “ante la duda, siempre retener”.

Y como en la red está ya todo escrito, les dejo con este entretenido cuento que he encontrado sobre el cajero automático, de César Klauer Hidalgo, buscando la imagen que animara el post.

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De nuevo se repite la historia que narraba, perdonen la autocita, en el comienzo de la gran crisis financiera mundial, octubre 2008. “¿Prejubilaciones a los 48  años?”.  Entonces se trataba de la empresa Telefónica.

Hoy mismo el modelo se reitera para prejubilaciones en el sector bancario.  BanCaja Madrid gasta 1.200 millones para prejubilar a 4.000 empleados. Con toda claridad la noticia detalla “Los fondos utilizados para las prejubilaciones suponen el 28% de la financiación pública obtenida por BanCaja Madrid para llevar a cabo su integración.”

Se gestiona mal una Caja /  Banco, un  Banco / Caja, ya no sé cómo debe llamarse. Se le sanea con dinero público y se prejubila a sus empleados con este dinero público ¿Con cual? Con el fondo obtenido, entre otros, con la rebaja de hasta el 15% de sueldo a los empleados públicos, a los que se nos amenaza, para mayora remate, con la jubilación a los 67 años.

Voy a repetirlo porque no lo comprendo bien: bajémosle los sueldos a los empleados públicos, saneemos las Cajas, porque se nos va a pique el país y jubilemos a los empleados de banca con el dinero público ahorrado con la bajada del sueldo de los funcionarios. O sea, los empleados de las Cajas a la calle con 55 años y los funcionarios aguarden con rebajas de sueldo considerables y subidas de edad de jubilación.

“El Gobierno esta vendido al capital”, dirían los anarquistas de hace un siglo. Oferten a los funcionarios las mismas primas de prejubilación que quizás un jugoso colectivo se acogería a ellas.

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Atentado, además, contra la seguridad de nuestros bolsillos. Abril 2010. Se compra en la red, página de Ryanair, dos billetes de ida y vuelta, origen Madrid, no importa qué ciudad de destino interior.

A las 14.05 horas se compran y pagan dos billetes de ida y vuelta.

A las 14.30 se vuelven a comprar, para el mismo recorrido, el mismo día, la misma hora y ¡el mismo vuelo!, por arte de birlibirloque, dos billetes exactamente iguales para ¡las mismas personas!

Se han rellenado en múltiples ocasiones infinidad de campos identificativos de los viajeros: nombres, apellidos, calle, ciudad, comunidad autónoma,  país, teléfono, email, repita email, números de pasaporte u otros. También datos de valor añadido, como prioridad o no,  seguro o no, maletas o no, otros bultos o no, etc…

Impaciencia por terminar la ardua sesión compradora: “por favor vuelva a intentarlo…”, se respira hondo y se insiste de nuevo. Se consiguen por fin los ansiados billetes  (ojo, no olvide facturar en línea). El número de tarjeta ha sido aceptado y todo de repente vuelve a la calma. La vida queda en orden.

Pues no. Al mes se consultan con asombro los movimientos bancarios y se descubren “dos cobros” de billetes por un solo viaje. Se indaga, se pregunta al banco primero educamente y más tarde un poco airado. Se inicia una investigación obtusa sobre la extrañísima duplicidad y se logra desentrañar, después de conectar con la compañía, en tu idioma o en uno ajeno, a euro más o menos el medio minuto. Se recitan los números de reserva, después del inusitado hallazgo entre los emails de la digna compañía Ryanair. Contestan rápidamente y sin darle ninguna importancia que en los próximos días reembolsarán el segundo billete cobrado. Casualmente, se embarcó con el billete pagado caro y solo  devuelven el billete pagado barato.

En resumen: ¿cómo es posible que se admita en un mismo avión pasajeros “duplicados”? Sencillamente, se trata de  la confirmación de un serio descontrol sobre los pasajeros a embarcar. ¿Quien pone orden en este asunto? ¿Existe un control de calidad interno? ¿Un control de calidad externo? Los sufridos internautas, consumidores y ciudadanos de a pie nos sentimos impotentes ante tamañas actuaciones, pero no podemos perder más tiempo para una queja formal. Uno se conforma con contarlo a los amigos y prevenir a incautos.

(Me relataron los dos pasajeros, compradores de estos billetes para aquel vuelo,  que algo raro habían notado: en sus butacas y detrás de ellos les pareció adivinar sentada a su pareja gemela).

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Anteayer por la tarde estuve en Hipercor – Corte Inglés, comprando los últimos elementos, regalos y manjares, de Nochebuena. El asombro fue grande cuando la plaza de aparcamiento que tuve que ocupar fue en la planta sótano menos cuatro y tardando unos minutos en encontrarla.  Eso significaba que el gran almacén se encontraba lleno a rebosar, como en las mejores fechas del centro comercial.

La crisis les ha acabado golpeando como a todos. Para que voy a mentir: sentí una grata satisfacción de que al comercio le fuese bien. Era señal de que la gente no se resistía a estirarse los bolsillos en nuestra adorable fiesta. Fue curioso cuando encuentro a una pareja de vecinos, en pleno fragor de carros chocándose por los pasillos del súper y comentamos lo mismo: ambos coincidíamos con agrado en el espectáculo consumista, no visto hacía ya muchos meses.

En España comprar en el Corte Inglés, denota un toque mínimo de distinción.  Creo por ejemplo que en Inglaterra sería Harrods entre otros y Mark Spencer, según bolsillos o intenciones. O en Francia las Galerías Lafayette, o más especializado la Fnac. El Corte Inglés es el centro comercial por excelencia de marca española. El público sabe que decir “lo compré en el Corte Ingles” (es indiferente el objeto adquirido), da una sensación de seguridad, de bien comprar, de bien hacer. Pagas más pero aciertas, piensa el sesudo consumidor. Y es que resulta verídico  en la mayoría de las ocasiones. Su acertadísimo eslogan “pague y si no está satisfecho le devolvemos su dinero”, da gran tranquilidad al comprador. El consumidor indeciso compra sin miedo, porque siempre piensa “podré devolverlo” y el consumidor lanzado con mucha mayor razón, no se lo piensa dos veces.

Siempre es para mi un misterio cómo prepara el Corte Inglés a sus empleados, en el perfecto  trato hacia el comprador. El vendedor es amable siempre sin excepción. No se excede de cortés, pero agrada al comprador con correctísimos buenos modales. No se inmuta ni ante el más impertinente de los clientes. ¿Cómo consiguen los directivos del marketing la creación de un estilo propio de vendedor? Da igual entrar en el Corte Inglés de Zaragoza, en el de Bilbao o en el de Santiago de Compostela. En todos los centros comerciales le atienden tan igual de bien, que prácticamente siempre  cuando se sale con una compra realizada,  se piensa en volver. Uno define este gran comercio, no por el número de artículos que vende o los servicios que ofrece, sino por los que todavía no se ha lanzado a vender. Nunca pensé que me proporcionaría el alquiler de un coche, por ejemplo. Pues sí, boba de mi, con una simple llamada a su sección de Agencia de Viajes tuve en cinco minutos, el coche de mejor relación precio/calidad para mi recorrido planeado. En esto me funcionó mucho mejor que Google, que ya es concederle tantos, en la carrera de “a ver quién busca mejor y más rápido”.

Un defecto en mi opinión lastra el gran estilo “Corte Inglés”:  son poco feministas o nada, en el mejor sentido del término: años pagando la factura en la cuenta de una esposa, pero al buzón la envían a nombre de su respectivo esposo. Y un segundo reparo debiera corregirse: las empleadas trabajan, según mi humilde observación, mucho más que los empleados. Encuentro en ocasiones, a señores empleados de brazos quietos, como de vigilancia, y prácticamente nunca a las señoras empleadas. Ellas siempre activas y disponibles, trajinando, reponiendo, arreglando una maniquí, o cobrando a ese cliente fiel y satisfecho. Un decidido bravo a las mujeres trabajadoras de este súper híper mega centro comercial.

Les dejo. Otro día abordo las compras por Internet en las que, por cierto, El Corte Inglés, también funciona a la perfección.

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Estrené el carril bici el sábado pasado por la tarde. Por aquello de los posibles Olímpicos en Madrid, y por aquello de la crisis, comenzaron en el barrio hace unos meses, (y en toda España, pero de esto hablo otro día),  trabajos urbanos de albañilería desenfrenados para no se sabía qué. Fue para, por fin, tenernos en cuenta a la pandilla ciclista madrileña (o mundial, llegado el caso).

En la calle más cercana a la mía, han extendido un maravilloso carril bici que ningunea a la especie de los conductores de tal manera, que ahora no caben los coches. Los ciclistas, uno de cada 1.000 ó 2.000 coches calculo yo, nos lucimos por la alfombra roja casi solo los fines de semana. Pero los miles de coches que pasan a diario, se desesperan ratos  y ratos, dado que, donde había dos carriles para coches en la calle ahora solo hay uno. Las aceras eran ya anchísimas y la alfombra roja es auténticamente señorial, con lo que el diseño urbanístico es verdaderamente utópico.  Esta muy bien soñar con un Madrid lleno de miles de ciclistas por las calles a diario, como en algún país del Norte de Europa, pero la realidad es bien distinta.

No se ha tenido en cuenta, creo yo, que si se priva a la calle de un carril para coches, calle ya muy atascada con anterioridad a la puesta en marcha de la alfombra roja, sería esencial pensar en el más sensato medio de transporte público donde no tenemos metro, que es el autobús. Pues bien, los dos autobuses mañaneros pasan cada cinco y diez minutos máximo hacia el centro. Pero llega la tarde y agota la paciencia del más cuerdo, la tediosa espera de veinte minutos o más para tomar el bus de vuelta a casa.

Resumiendo, mientras el transporte de autobús público en mi barrio no mejore, el personal continua sacando sus flamantes coches para ir a los trabajos. Y la bici para acercarnos al centro continua siendo francamente dura, además de no existir unas sencillas duchas en las oficinas, para aliviarse de los sudores de la pedalada al llegar y empezar el trabajo con cierta higiénica dignidad. Mil aplausos a la alfombra roja y petición de frecuencia autobusera cada cinco minutos durante toda la jornada. Solo así, el coche dejaría de ser el rey en las calles de mi barrio. Les hablo de la calle Juan Ignacio Luca de Tena, por el Norte de Madrid, zona Suanzes y las instantáneas las tomé  en horas muy bajas de tráfico.

Nuevo carril bici en Madrid

Afombra roja para bicis

Solitario carril bici con un viandante

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El título elegido me parece más apropiado que este otro, “la virtud del negociante”. La palabra negociante suena peor que la palabra negocio, como pelín maldita, al menos a mis oídos.

Desde hace unos años, uno de mis entretenimientos solitarios más relajantes es fantasear un negocio. Con mi llegada a la mediana edad, de repente mi perspectiva vital ha ido cambiando muy rápidamente. Pienso a menudo: “¿qué deseas hacer y no has hecho antes de morirte?” Me imagino de librera en mi barrio, que salvo en Vips o en el kiosco de la esquina, no se vende un apetitoso libro en kilómetros a la redonda. Abriría una librería un poco diferente a las tradicionales, que por otra parte me chiflan. Además de venta de libros nuevos, pondría mi tallercito de encuadernación y un hueco para pintar guardas al jaspe. También vendería prensa en varios idiomas, por aquello de vivir cerca del aeropuerto, y tendría una sección de libros de segunda mano, montada a base de los que los vecinos me trajesen ya leídos y previo pago de un módico precio, para luego su reventa: ¡qué maravilla la venta del libro de segunda mano! En otra esquina colocaría 3 mesas redondas de mármol, como en los antiguos cafés años 20, compradas en el Rastro o en Betel. Allí permitiría a mis parroquianos leer todos los libros que les diese la gana, nuevos o usados, servirse un café o un té y entablar tertulias improvisadas sobre la última diatriba relacionada con el mundo literario, editorial o de nuestra prensa diaria.

No sé si me haría rica, pero llenaría plenamente mi tiempo, sin incordiar a los hijos y haciéndome amiga de medio barrio.cafe_libreria

También me he imaginado una empresita de servicio a domicilio en fin de semana que se llamase “Hazlo por mí”. Básicamente me anunciaría con una página web muy sencilla en la que comenzando por una zona delimitada a 10 ó 15 manzanas, los interesados solicitasen llevar a su casa, para las mañanas de los domingos,  la prensa, el pan y las porras, o mejor unos deliciosos churros. Muchas  personas aman salir a comprar el domingo por la mañana, pero a muchas otras les puede encantar que suene el timbre hogareño y aparezca un propio con el encarguito. Si además se añadiera un ramillo de flores silvestres, una rosa o unos tulipanes, creo que por el desplazamiento podrían pagarse tranquilamente unos 14 euros, por ejemplo. El negocio está ya un poco inventado con el Interflora, pero es de tipo dominguero y con sabor ¿Alguien se anima?

hazlo por miHoy en la contraportada de El País me ha gustado el lema / secreto de de Ana Gámiz Luque, premiada y premiadora de /con  algún premio gordo de lotería: “trabajar, trabajar y trabajar”, en su negocio de bar. No hay que pasarse, pero yo también puedo asegurarles que funciona en la vida. Y en los negocios, desde luego.

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