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Archivar como 24 febrero 2011

Me presento muy seria ante él, concentrada en los menús hiper modernos que presenta. Tecleo la contraseña un par de veces, además de ocultar, secreto bis, el tecleo de la citada contraseña con la mano libre que me queda.  Le solicito 350 euros para tirar veinte días sin visitarlo y me da con toda su cara 170 euros. La avería de hardware ha provocado un impertinente error de software. Naturalmente que en el resguardo solicitado impreso figuran los 350 euros solicitados que no sacados ¿Cómo demostrar tu verdad contra la suya? Marco de modo inmediato el teléfono de pago de gran ayuda para estos casos de excepción y, la voz agradabilísima del contestador, siempre femenina, que me va desgranando qué deseo plantear a mi estimado banco, me espeta entre múltiples opciones “retención de importe en cajero”:  debe de suceder ya tan a menudo que ha ascendido el suceso a categoría a resolver.

Espantada por el recuerdo de hace unos años que tardaron en devolver a un conocido la cantidad retenida ¡mes y medio!, les insisto que debería quedar resuelta la incidencia en el mínimo tiempo posible. Así fue. A las 48 horas asunto resuelto. Solo me queda una pregunta: ¿por qué los cajeros se quedan dinero algunas veces cuando solicitas determinadas cantidades en lugar de darte de más? Son muy listos y en el programa que manejan estos grandes muebles semiurbanos, debe de existir una orden clara: “ante la duda, siempre retener”.

Y como en la red está ya todo escrito, les dejo con este entretenido cuento que he encontrado sobre el cajero automático, de César Klauer Hidalgo, buscando la imagen que animara el post.

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De nuevo se repite la historia que narraba, perdonen la autocita, en el comienzo de la gran crisis financiera mundial, octubre 2008. “¿Prejubilaciones a los 48  años?”.  Entonces se trataba de la empresa Telefónica.

Hoy mismo el modelo se reitera para prejubilaciones en el sector bancario.  BanCaja Madrid gasta 1.200 millones para prejubilar a 4.000 empleados. Con toda claridad la noticia detalla “Los fondos utilizados para las prejubilaciones suponen el 28% de la financiación pública obtenida por BanCaja Madrid para llevar a cabo su integración.”

Se gestiona mal una Caja /  Banco, un  Banco / Caja, ya no sé cómo debe llamarse. Se le sanea con dinero público y se prejubila a sus empleados con este dinero público ¿Con cual? Con el fondo obtenido, entre otros, con la rebaja de hasta el 15% de sueldo a los empleados públicos, a los que se nos amenaza, para mayora remate, con la jubilación a los 67 años.

Voy a repetirlo porque no lo comprendo bien: bajémosle los sueldos a los empleados públicos, saneemos las Cajas, porque se nos va a pique el país y jubilemos a los empleados de banca con el dinero público ahorrado con la bajada del sueldo de los funcionarios. O sea, los empleados de las Cajas a la calle con 55 años y los funcionarios aguarden con rebajas de sueldo considerables y subidas de edad de jubilación.

“El Gobierno esta vendido al capital”, dirían los anarquistas de hace un siglo. Oferten a los funcionarios las mismas primas de prejubilación que quizás un jugoso colectivo se acogería a ellas.

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Ayer viajé por la mañana. Día frío, de brillante sol, verdes vivísimos en el campo. Mientras conducía por una impecable autopista del norte marroquí, en unos segundos muy largos, me quedé impresionada con la vista que tenía a mi izquierda: era exactamente la misma imagen que el fondo de mi escritorio en la pantalla de mi pc.

Felicidad Escritorio de Windows Xp

A este paisaje excepcional, montañas muy bajas y onduladas, aquí lo llaman dunas. Fue una sensación de plenitud, de experimentar en real, la dulce vista con que mis ojos se complacen siempre, cuando trabajo en el ordenador. Hace tiempo que la tengo. No me gusta cambiarla. Me produce calma. La busco ahora, para añadirla a estas líneas con el fin de compartir el inmenso placer de mis ojos. Refleja mi bienestar interior, mi yo profundo apaciguado conmigo y con el mundo. Descubro que algún sensible programador hace años tituló precisamente la imagen como felicidad.

Son momentos imborrables, coincidencias con las que la vida te regala a veces, que alimentan mi cerebro y mi corazón de dulces pensamientos y sentires.

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