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Archivar como 21 enero 2010

Haití me conmueve cada día. En otra entrada confesé mi gusto por la lectura de buenos obituarios. ¿Cómo escribir unas palabras, 75.000 recuerdos de personas que no conocí? Apabulla, desconcierta, el gran drama de no saber el número de muertos todavía y en bastante tiempo. ¿Quizás sean 50.000?

Fueron padres, hermanos, hijos, nietos, amigos. Cada uno de ellos vivía su micromundo. Un especialista forense ha declarado estos días que es de  vital importancia poder enterrar a cada uno de los fallecidos en bolsas individuales, específicas para esta función, evitando a toda costa, las fosas comunes: cada persona es única y merece la máxima consideración en su final, en este momento en Haití, tan trágico.

Eso pretendo con estas líneas: particularizar mi sentimiento dedicado a niños, bebes, mujeres embarazadas, enfermos, ancianos, amantes, pobres y ricos, obreros, empresarios, empleados públicos, políticos, escritores, cantantes, deportistas, profesores, estudiantes. Tener presente por un momento a todos: los que permanecen todavía tirados en cunetas y ocultos entre escombros, los desaparecidos, los enterrados por sus conciudadanos. Sin posibilidad siquiera en tantos casos, de escribir en una cuartilla, en un papel o en una sencilla piedra, “aquí yace…” , para colocarlo con gran respeto encima de sus restos.

Descansen en paz. Oraré por ellos.

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Llega este verano el nieto irlandés de mi hermana a pasar unos días a Barcelona. Habla como puede con cinco años español e inglés.

Para que el crío se lo pase bien y se haga amigos, lo apuntan a un splai (centro de ocio). Una de las características del centro era su bilingüismo. Termina la mañana, lo van a buscar y la abuela pregunta al niño:

-¿Te lo has pasado bien, cariño? -Si abuela, pero ha sucedido una cosa: ¡se han pasado toda la mañana hablando en francés!

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