¿Cuáles son sus meses de mayor agobio? Por exigencias del guión de mi puesto laboral, en diciembre toca: trabajar, trabajar y trabajar. Dicho y hecho. Todos lo sabemos y nos volcamos en la oficina para que funcione lo mejor posible. El club de los empleados entregados.
No hay forma de dedicarse a un blog. Ni al curso de inglés virtual a punto de finalizar si uno no se organiza. Ni a subir alguna fotografía al servidor de WordPress. Sí, de las que me envía el amigo fotógrafo y siempre acierta con su cámara y su mirada en cientos de instantáneas, pero que solo verán la luz algún puñado de sus íntimos.
¿En junio? Deseando una con ansiedad las vacaciones anuales de verano, es preciso terminar los diversos quehaceres a medio terminar o por decidir: esa amiga a la que no llamé en meses, esos tediosillos asuntos encima de la mesa de la oficina que empezaron a coger polvo y sería imperdonable que permaneciesen a nuestra vuelta en agosto como “pendientes”, la ropa veraniega que comprar si salió caluroso el tiempo, la elección y compra de regalos relacionados con algún evento (palabra genérica muy útil) a la que fue una invitada… Pequeños detalles que conforman la confortable vida de algunos, entre los que puedo incluirme.
Me autoconvenzo de algunos trucos imprescindibles, elementales saberes, para llegar a enero sana y salva: priorizar, discernir y separar en la agenda y en la cabeza, los asuntos esenciales, los medianos problemas nunca resueltos y las nimiedades varias que no merecen segundos de reflexión.
¿Pensar en regalos, felicitaciones y comidas navideñas?… Lo dejaremos para la vuelta del largo fin de semana de fiestas laicas y religiosas por estos lares: redondo aniversario de nuestra Constitución, 30 años, y virgen de la Inmaculada de toda la vida.
Me divertí hoy en Rodilla: para descansar la mente y comer, cogí previamente en el quiosco dos periódicos, de hoy, que al leerlos me parecieron de hace un siglo. El quiosquero estaba muy solo y, aterido de frío, me agradeció francamente mi gastazo de dos euros con diez. La empleada del establecimiento sandwichero, se confundió conmigo: para pagar mi menú, tuve que apoyar los periódicos en el mostrador y ella los retiró como suyos. Creyó que eran del establecimiento. El diálogo fue de besugos. Le tuve que indicar: “oiga por favor, que la prensa es mía” Un poco apurada me contestó: “ Perdone señora, pero es que en los desayunos, nosotros la regalamos si además, por un euro más del precio de siempre para el café y algo sólido, se toma un zumo”. Resuelto el malentendido, me devolvió mis periódicos y logré absolutamente abstraerme del trajín laboral, entre titulares mil. También, adivinando a lo lejos a un querido y antiguo compañero que se dejó caer por allí a la tardía hora de las 16 h.
Mientras tanto, en la sacudida actualidad, además de la crisis financiera y el muy preocupante paro, mueren cientos de personas en Bombay, Eta en España vuelve a asesinar, en Asturias se felicita oficialmente la Navidad en inglés y en bable pero no español y en los juzgados declaran dramáticamente los supervivientes del avión JKK 5022, tragedia de Barajas: viven para contarlo, como García Márquez titulaba sus memorias.



Reflexiono sobre la pregunta. Después de varios intentos concluyo que los meses gregorianos no tienen la culpa de nuestro desorden. Que es nuestro calendario mental el culpable de los agobios.
Existe, además de los dos calendarios que nombra, el calendario laboral: éste, afecta por una parte a los periodos vacacionales que vienen impuestos por una normativa específica. Y por otra, a las épocas de excesivo trabajo, impuestas por un descuido de la realización de las actividades en los plazos debidos que debe marcar un cronograma, palabra cursi pero útil, adecuado. Se trata del incumplimiento de tareas en los tiempos previstos. Si al desorden externo se uniese un desorden mental personal, el coctel podría ser explosivo. De hecho, está estudiada, la enfermedad de la prisa.
http://www.cvc.cervantes.es/aula/matdid/actividades/ds/cl/er_ds_cl_10.htm
No afecta a todas las personas igualmente, pero el problema hoy se ha extendido a una considerable parte de la población.
Admiro la cultura nórdica o alemana. Aparentemente para ellos no hay meses de agobio. Todos los días “cierran” a la misma hora. Son excelentes cumplidores de sus compromisos, de los plazos. Quizá porque no improvisan y hablan menos que nosotros. Trabajan y no caen en la verborrea típica latina. Dicen lo justo sin extenderse. Las reuniones son breves, con un orden del día preciso y nadie se permite hablar más de lo debido. Las cosas se pueden decir con pocas palabras. Los latinos somos reiterativos y, lo peor de todo, no escuchamos.
Buscaba asesoría que contrarrestase el estrés al que aludo en la entrada. Viene bien traer a colación este libro que he localizado de José Luis Trechera, “La sabiduría de la tortuga”.
http://www.discapnet.es/Discapnet/Castellano/Actualidad/Especiales/entrevista_trechera.htm
Frente a la velocidad de vértigo en la que se encuentra uno inmerso en el mundo occidental, sabios consejos de serenidad. Hoy me quedaría con las pautas de la relativización y el buen humor.
Me parece maravillosa, relajante, la dinámica de cultura que usted Gabardito describe. Cuando una se imagina un entorno socio/laboral de centramiento, de equilibrio, sería justamente ése.
Sí, es posible…
http://www.elpais.com/articulo/ultima/Salir/oficina/posible/elpepiult/20081215elpepiult_2/Tes