El comienzo del último trimestre, supuso este año para el consabido funcionario medio, un sobresalto mayor que el acostumbrado. Las vacaciones y bajas laborales del mes anterior de tres compañeros, además de ser sus subordinados, habían significado un estrés poco habitual en un mes como septiembre. Todavía la actividad pública estaba despertándose del letargo veraniego y el horario era especial, es un decir.
De los tres compañeros que faltaban, ayer se anticipó uno. Llegó más guerrero que nunca, dispuesto a conseguir todas las pequeñas metas que dejó pendientes antes de salir rumbo a las playas. Si el vecino de despacho y mesa no reaccionaba, su convivencia era sencillamente insostenible, había decidido ponerlo en conocimiento, del máximo jefe de personal de todo el edificio, saltándose cuatro jerárquicos escalones. La moral del inmediato superior funcionario medio, cayó por los suelos: quince años juntos y esta falta de reconocimiento, falta de sintonía, falta de compañerismo. En suma, los sinsabores del mes de junio, habían rebrotado, alimentados por el descanso de este digno compañero.
La tarde fue depresiva, triste: necesitaría de modo urgente un cambio de ambiente, aunque en los tiempos que corrían podría morir en el intento de la búsqueda de un nuevo y atractivo destino.
Hoy ha llegado el segundo compañero, que no dirige la palabra a casi nadie. El funcionario medio sabe muy bien ponerse en lugar del otro: este compañero tiene unos problemas personales casi sobrehumanos: su salud es un poco precaria y su padre, muy mayor y enfermo, depende de él en convivencia y afecto.
El funcionario medio, responsable de aquella unidad, quedó en silencio en su pequeño despacho al adivinar los días venideros. Tuvo un momento de excelente lucidez. No era común convocar reuniones, ni encuentros de compañeros, pero la tensa situación lo requería. La chispa le saltó por la dura definición de la situación del jefe de planta: “ese servicio está muy desgastado”. ¿Era él, el responsable de aquello?. Sin más. Reunión inmediata. Sacó la lista de 20 labores que había escrito hacía poco para razonar ante cualquiera el cúmulo de invisibles tareas que allí se realizaban y convocó personalmente a los interesados. No existe tónico mejor para un trabajo que comentar cómo están las cosas, las pequeñas responsabilidades de unos y de otros. Los trabajos que habría que realizar en tanto al quinto compañero no le dieran el alta médica. Fue una reunión casi larga, pero tan fructífera e inesperada que cuando aquella mañana terminó, aquel funcionario medio, bendijo esas sesiones donde le enseñaron pequeñas técnicas comunicacionales de grupo, modernistas, y como pensaba él, tipo empresa privada.
El horario laboral a cumplir era de invierno. Había logrado como por ensalmo con la pequeña reunión, sacar a flote las pequeñas bondades de aquel viejo grupo de fatigas públicas, de requetevistos compañeros y archisabidas obligaciones. Lo tenía decidido. Al día siguiente iniciaría un comentario sobre el crack de 1929, para sobrellevar entre todos el cansino escaneo, la lentitud de la viejecilla bases de datos y las repetitivas llamadas de teléfono (qué fácil de usar este práctico aparato) de los interesados en nuestras materias, no interesados todavía en incorporarse como telemáticos usuarios. Siempre quedaba el recurso de contemplar ensoñadores las torres Kio y Picasso, o las cuatro mastodónticas agujas al cielo, de la antigua ciudad del Real Madrid. El trabajo en una planta quince permitía también, adivinar la sierra y olvidar el hastío. Recordando “La Tregua” de Mario Benedetti.

Mejor que leer “La tregua” de Benedetti, que es pesimista y depresiva, los integrantes de ese servicio deberían ir juntos a ver la película “Mamma mía”.