Dos de la tarde de un complaciente sábado otoñal en la montaña (20/09). Despliego el periódico, doblado tipo carpetilla con mimo por el librero, con la revista semanal dentro. Me acababa de preguntar amablemente, media hora antes: “Buen día ¿El País, verdad?”. Yo le indiqué: “lo siento, hoy prefiero el Mundo con Yo Dona”. Ya en casa descubro el titular: “..Obama apoya a Bush..”. Obligada a leer la letra pequeña de la columna izquierda, me coloco mi colgante gafil en la nariz: “…se prohíbe a 800 compañías de inversión tomar posiciones de venta al descubierto…”.
Las ideas se me agolpan en la cabeza, ante tamañas noticias. La imagen de un presidente y el aspirante a serlo, apoyándose, me dio una envidia tremenda. Como muchos otros ciudadanos, pensé cuándo en nuestro país íbamos a ver sentados a nuestros lideres sociales y políticos, en unos segundos y sensatos Pactos de la Moncloa. La prohibición de aumentar las arcas de determinadas compañías y los bolsillos de determinados ejecutivos, jugando en la Bolsa como en el mejor de los casinos, parecía precavida. Por una vez, no se proponía a las capas asalariadas “abróchense los cinturones”.
Parece que un hecho indiscutible, entre muchos, sucede: los bancos no pueden prestarse dinero unos a otros porque escasea. Por ello ya esta ocurriendo en España, que algunos Bancos solicitan depósitos a los ciudadanos, a pie de sucursal, de hogar, de teléfono y de calle. Una procura empaparse de tanta noticia espectacular y no da abasto. Hojeo noticias en varios periódicos en páginas blancas y, casualidad, se encuentran exactamente los mismos párrafos explicativos de sesudas operaciones bancarias, en unas cabeceras que en otras. Así, la explicación de las operaciones bursátiles a “cortísimo” plazo, o sea, de tres días. Decidí en un ataque de búsqueda de comprensión de los grandes sucesos económicos, comprar dos periódicos color salmón. De cualquier modo, el torbellino de noticias cambiaba en cuestión de horas. Resolví volver a la calma, con la frase de un importante financiero norteamericano en mente. Para que el gran público se hiciera una idea, había sentenciado que los acontecimientos históricos económicos del momento se asemejaban a la caída del Muro de Berlín. Dejé mi mente retrotraída a aquellas increíbles fechas y dejé que me invadiera la impresión de entonces. 
Tanto en aquel acontecimiento como en los que se están viviendo con esta crisis, recordaré lo que hacía, lo que traía entre manos, en el momento de tomar conciencia de la magnitud de ambos hechos. El día de la caída del Muro de Berlín yo no me enteré hasta las 20 horas del día siguiente. Andábamos en casa con un enfermo con cuarenta de fiebre, y yo estresada bajando a la farmacia a menudo para asuntos familiares de salud varios. Como si no pasase nada me comunican. “¿Sabes que ha caído el Muro de Berlín?” Aquella fiebre, aquella farmacia y mi hijo enano reclamando su atención, serán para siempre mi recuerdo indeleble de aquel día. La emoción me embargó: ha sido el hecho histórico internacional más sensacional de mi vida.
Al hilo de mi asunto, en los preparativos del primer debate cara a cara de Obama y McCain, nadie de sus respectivos entornos pudo prever el larguísimo alcance de la crisis financiera en la que se ven envueltos en el momento de la gran cita primera, previa a las Elecciones de noviembre 2008. El guión ha cambiado por completo. La edad de los contrincantes, 47 Obama y 72 McCain, es un dato revelador de su mentalidad, aunque no tendría por qué chocar que las edades del demócrata y el republicano, pudieran haber estado cambiadas. Sin embargo, los 25 años que les separan significan exactamente un 1,6666 de mayor generación McCain que Obama, tomando la generación por un periodo de 15 años. Obama representa el cambio y McCain, la continuación de un mensaje prudente, conservador en estos tiempos compulsos. Eso representan ellos. Y los ciudadanos norteamericanos ¿qué prefieren hoy? Es una evidencia fácil de recordar a menudo, que las balanzas se inclinan a un líder u otro, por unos puñados de millones de votantes indecisos hasta el final. Nadie deseará el empate técnico de las Elecciones anteriores y aquel farragoso recuento de votos finales de hace ahora cuatro años.
Examinando el lenguaje, revelador de la crisis norteamericana e internacional, aporto unas cuantas palabras que se repiten de modo insistente durante este periodo, aunque la elaboración de la nube la hice horas antes del anuncio del rechazo del plan.
Mientras escribo estos párrafos, referidos al sábado 20, ya semejan ser de la Edad de Piedra. El domingo siguiente bajé al librero y de nuevo me saludó: “¿Qué tal Paz, ¿El Mundo?” No, de nuevo: “hoy elijo El País. Es la preferencia, entre otras, de mi hija. Ya sabes, por la revista”.







