Con mi cuasi adicción a cualquier producto pc, me va como anillo al dedo la afición de subirme al carro de los cursos virtuales. Muchos piensan que valen para poco. Pero para personas con el tiempo escaso, les doy de momento cierta credibilidad. En años anteriores, este tipo de ofertas formativas eran en parte apuestas experimentales.
Comencé el pasado noviembre, con el tema de la firma electrónica y los certificados digitales. Parece que en nuestro país somos punteros, pronto a nivel mundial exagerando un poco, con el trabajo de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre a la cabeza. Simultáneamente mi institución empleadora, declinó la formación presencial del idioma inglés, por la avanzada virtual formación. Ya se inventó hace tiempo en España la enseñanza sin la cercanía profesoral, con el sistema de la UNED, Universidad a Distancia. Pero ahora con el pc, yo diría que este año ha sido la irrupción exagerada de este tipo de sesiones. Son muy engañosas, porque siempre uno procura hacer un hueco en su vida cotidiana, pero pronto se comprueba que el día continua teniendo 24 horas, y que por mucho que uno intente estirar el tiempo, las demás tareas diarias no pueden abandonarse. Intento apuntarme en la última fase en junio al tema estrella en estos momentos de la Administración Pública española, la entrada en vigor de la Ley de Contratos del Sector Público. ¡Gran alivio! No entro en la ruleta de los participantes: dado el numerosísimo personal que lo solicitó desde las provincias, a los empleados centrales nos dejaron a la espera para tandas posteriores. Si me descuido me creo capaz de compaginar ¡tres formaciones virtuales a un tiempo! teniendo en cuenta que tengo interés en seguir alguno de los cursos de wwww.escritores.org
Me comentó desquiciada una hermana una tarde que hasta había tenido un encuentro un tanto airado con un jefe, dado que pretendía inscribirla a un curso virtual de ¡junio 2008 a febrero de 2009!, si mal no recuerdo. Aún suponiendo que fuera desde septiembre de 2008, la exageración del montaje era manifiesta.
Masters, títulos universitarios, cursos de manualidades de lo más variopinta y un largo etc. se ofrecen hoy bien en la red, bien en los puestos de trabajo de cada cual o en tantos anuncios cuadraditos o rectangulares pequeñísimos, tan de moda en páginas web de diseño fetén. Me auto aconsejo precaución, pero de modo inevitable caigo en la tentación ¿ Y si me apuntara a la formación de postgrado para periodistas digitales?. No, imposible: ¡qué mejor aprendizaje, me digo, que esta especialidad de los blogs!
Estoy leyendo un libro reciente de Manuel Campo Vidal: ¿Por qué los españoles comunicamos tan mal? No es un libro inocente; el autor se dedica, entre otras cosas, a consultor sobre la comunicación. Pero está lleno de anécdotas recientes, divertidas; se lee con agrado, sin esfuerzo. Ideal para el verano.
Al hilo de la formación virtual, aporto una cita del Premio Nobel de Literatura Bernard Shaw “El que sabe hacer una cosa, la hace y el que no, la enseña”.
Cuando consulto el contenido y la metodología de algunos cursos virtuales, tengo la sensación de que están sacados de un manual, sin vida, sin calor, son fríos. Nada que ver con la riqueza de un curso presencial donde la comunicación no verbal y la participativa, resultan esenciales.
Las grandes empresas, pioneras en el uso de la enseñanza virtual (no nos engañemos: para ahorrar gastos) se han dado cuenta de que es ineficiente. Vuelven a retomar la práctica de los cursos presenciales y utilizan lo virtual para resolver dudas o para consulta de contenidos.
Es decir Gabardito, que estoy de ida cuando ya hay que volver. Insisto en mi falta de tiempo. Le contaré una anécdota a este respecto.
Hace varios años (no desearía ponerme boba dando sensación de estudiosa empalagosa), me quedaba pendiente una asignatura de Sociología, para completar primer ciclo y me matriculé en la misma Facultad de hace mil años. Pues bien: dado el crecimiento urbano desmesurado de la ciudad de Madrid, para dos horillas semanales de clase presencial, llegaba a perder ¡dos tardes enteras! yendo y viniendo casa-trabajo-facultad-casa. Para mayor remate los compañeros que conocí me dijeron: “dado el viaje, matricúlate en asignaturas de cursos superiores y así no pierdes el tiempo en balde solo para una…” ¿Resultado de aquel curso? No logré superar ninguna asignatura… El intento de la vida tipo surperwoman resultó un fracaso aquel invierno. Eso sí, compré varios libros muy interesantes, que guardo subrayados en sus primeros capítulos.
¡Aprendizaje presencial…! ¡Cuánto mejor!. El profesor real de aquella asignatura presencial además, había resultado ser muy atractivo: profesional y físicamente hablando. Pero desde entonces intento la enseñanza virtual y quizás la asignatura de marras la supere ya presencialmente para mi jubilación…
No me gusta de alguno de los cursos virtuales, que solo se llega a conocer en el comienzo, al coordinador / presentador de ellos. Te lanzan unos discursos estilo “capataces” para enseñar la técnica a seguir en las tareas virtuales. Te hacen sentir simplona y ¡ojo con salirte de las normas!, porque se pierde uno seguro en el mar de mil pantallazos formativos, con sonidos o sin ellos.
Manuel Campo Vidal me complacía como presentador de noticias en programas ya lejanos de la Tv. Lo vi en las pasadas elecciones como moderador en uno de los decisivos debates previos a las elecciones generales y ya no me gustó tanto su estilo a un tiempo de moderador y de “profesor de periodismo”. Si uno modera, que ejerza de moderador, pero dar clase a la vez, no le salió perfecto.
Ya que comparte conmigo su lectura veraniega le nombraré la mía, con cierto rubor: de Rosamunde Pilcher, “Los buscadores de conchas” (regalo de unos compañeros de mi oficina). Una maravilla de novelón, romántico donde los haya. Escritura detallista de la vida cotidiana del pasado siglo, muchos capítulos desarrollados en el periodo de la segunda guerra mundial. Majísimo.
La universidad española necesita un profundo cambio. El primero corresponde a los profesores. Eliminar los puestos vitalicios. Aplicar criterios de selección no contaminados por la endogamia. Valorar la inquietud por nuevos métodos didácticos. Favorecer la participación activa, el debate, la reflexión crítica. Reducir el número de alumnos por clase.
Creo que en las escuelas de negocio se realiza un esfuerzo importante por introducir nuevos métodos de aprendizaje. Es a ese contexto al que se refería mi anterior comentario. Es allí donde se está recuperando el interés por la clase presencial (no la clase magistral) complementada por el uso de las nuevas tecnologías para resolver dudas y consultas. Las grandes empresas mucho más cercanas a las escuelas de negocio que a la Universidad están también revisando sus estrategias formativas para recuperar la actividad en grupo dirigida por un experto que estimule el debate y el aprendizaje en colaboración, rasgos muy complicados en la enseñanza virtual.
Expresa usted Gabardito de manera sintética muy de mi gusto, el tema de la enseñanza en la universidad, las escuelas de negocio y las grandes empresas. Mi modesta opinión es la referida a la enseñanza aplicada en la administración pública.
¿Eliminación de puestos vitalicios en la universidad? no sacuda de un plumazo, en esta cirugía que reclama, a grandes figuras intelectuales que realizan tremendas aportaciones al saber. Busque el sistema de arrinconar a los pegados a sus asientos por la plaza que consiguieron hace muchos años y que dejaron su labor creadora por desidia, en la cuneta del olvido.
La clase presencial frente a la magistral (alejada del alumno), está correcto. Pero la palabra magistral, recuerde, tiene otra acepción muy positiva, referida a los grandes maestros de la cátedra, por ejemplo Ortega y Gasset, Unamuno, Julián Besteiro, López Aranguren, Tierno Galván, y un larguísimo etc. de excelentes y ejemplares figuras. Solo sé de ellos, a mi pesar, por la lectura.
¿Conoce bien las escuelas de negocios? Ya me nombró a Enrique Dans en otro comentario suyo. Creo que estos centros de élite, ciertamente reservados para los mejores, y no sé si por desgracia, para los que pueden permitirse el pago de los elevados costes de acceso a sus aulas, deben ser punteros en cualquier aspecto formativo. En parte de modo lógico, su dinámica se acerca mucho más a la vitalidad de la empresa privada, que al sistema universitario, dado que proporcionan formación de postgrado para surtir a aquella de sus futuros empleados, muchos de ellos ejecutivos.
Me ha dado usted una idea. Con tiempo intentaré otro día una entrada así: “mis mejores profesores ¿y los suyos, apreciado lector?” Dudo que las pantallas de los cursos virtuales queden en lugar prominente. No cabe duda sin embargo que este blog nos permite un gustoso intercambio de ideas, que más de un aula envidiaría.
En cualquier método de selección esas figuras intelectuales que cita superarían el nivel. Pero sería mucho más sano si tuvieran que pasar periódicamente una evaluación seria y rigurosa de su calidad y rendimiento docente. No basta con conocer, además hay que saber contarlo, explicarlo. Con un lenguaje didáctico, sencillo.
Algunas sentencias que me impactaron y que guardo en mi “disco duro”:
Siempre que enseñes, enseña también a dudar de lo que enseñas (Ortega y Gasset)
“Habría que escribir para enseñar y no para alardear de que se sabe”. (Benjamín Franklin)
“Cuando un hombre planta árboles bajo cuya sombra sabe que no se va a sentar, es cuando ha empezado a entender el sentido de la vida”. (Ortega y Gasset)
De mi etapa universitaria no guardo ningún nombre de profesor a destacar. De mi vida profesional, muchos ejemplos de dedicación, rigor, seriedad, tolerancia con mis errores, respeto a los demás,…
Comparto bastante el punto de vista de Gabardito quien, es cierto, se expresa de manera sintética y clara sobre el tema de la enseñanza universitaria, sin embargo, como usted, emito mis reservas en cuanto a las escuelas de negocios.
Mi conocimiento de estas escuelas se limita a lo que me han contado amistades o lo que se puede leer al respecto. No tengo ninguna duda de que en ellas se aplique lo último de lo último de las metodologías y técnicas innovadoras; es normal; tienen que ser coherentes con sus propios objetivos: la rentabilidad, la competitividad que luego tendrán su continuidad en la vida laboral desarrollada en grandes empresas. Estos centros de élite no pueden perder tiempo en suscitar el placer de estudiar ( o, al menos, no como meta principal); no usan estrategias “inocentes” destinadas a “encandilar” al estudiante; no es el “arte por el arte”; se trata de sacar provecho para luego ser competitivo, ganar o hacer ganar más dinero. Aquí el estudio se confunde con el negocio y el lucro. No se da ningún paso en balde; todo está calculado al milímetro. ¡Nada que ver con el “mundo” de ciertas facultades de letras donde se disfruta del debate, de la buena crítica, del estudioso análisis, fases previas e imprescindibles, antes de abordar la confrontación que aportan las nuevas tecnologías! Hablo, por supuesto, de las universidades que conozco y de los departamentos que también conozco, los que se dedican a la investigación literaria o lingüística, materia mal conocida y a menudo subvalorada por los que pertenecen al mundo de las ciencias o de las tecnologías. Claro que, en muchas, la situación es bochornosa pero no se debe generalizar. O … Acaso … ¿ se teme que, en el futuro, en un mundo dominado por la tecnología y como lo vaticina el autor de “Fahrenheit 451″ (el libro o la película), por el hecho de leer, la gente sea menos feliz ?
De nuestras divagaciones sobre el tema, parece que el valor de las clases virtuales radica en que pueden ser un buen complementario. Asimismo todo tiene su importancia desde una “buena” clase magistral que despierte en el estudiante una gran dosis de ilusión y el placer de aprender por aprender hasta unos grupos de trabajo que fomenten el gusto por el trabajo en equipo, la crítica constructiva y la búsqueda de nuevos enfoques a través de una metodología evolutiva.
Volviendo al tema de los cursos virtuales, sin lugar a duda es mejor “arriesgarse ” a conocer a un profesor atractivo antes que pelear en solitario frente a una pantalla. En cambio, se agradece poder aprovechar todas las posibilidades que ofrece la Web para buscar información, para poder enriquecer cualquier documento. Es un camino fascinante, un atajo para encontrar la solución a multitudes de preguntas que pueden surgir mientras se está “investigando”.
¡ Qué lejanas las largas horas pasadas en las bibliotecas! Recuerdo un ambiente especial: el olor a libros, el silencio, las miradas intercambiadas, las risas disimuladas. Para algunos, era un lugar ideal para “flirtear”.
Ahora, cuando me invade la nostalgia, las bibliotecas siguen siendo un refugio donde acudo de tanto en tanto para leer o trabajar.
Lecturas de verano … La mayoría de los veranos de mi juventud y muchos de mi madurez tienen el sello de algún autor. Si tengo la suerte de que un autor me seduzca con un primer libro, entonces lo interpreto como una invitación a que lo conozca mejor y leo todo lo que encuentro de él ( o ella). Además, es una “táctica” eficaz para desconectar totalmente de la realidad. Pero nada comparable a las largas tardes de los veranos de la adolescencia, en la casa de campo de mis abuelos, cuando me “escapaba” de los juegos que inventaba mi tropa de primos y primas porque prefería alimentar mis propias aventuras secretas a través de mi ya irremediable adicción, la lectura. “Devoré” toda la literatura rusa que cayó entre mis manos: Guerra y Paz, Los Hermanos Karamazov, Anna Karenina … Tolstoï, Dostoievsky me habían tendido las trampas de la afición a la lectura de la que nunca “curaría”. También me leí “todas” las novelitas de Agatha Christie y las de Georges Simenon. Y siempre conseguía ser la “mejor” cuando, por la noche, jugábamos a “tener miedo”. Pero, invariablemente, si cierro los ojos para recordar, me viene a la mente la sensación del frío de la nieve y el sabor a té ahumado que se servía en los salones de Anna Karenina. ¡Ni rasgo del calor ni de las moscas impertinentes!
Este verano, he vuelto a zambullirme en el mundo imaginario de la literatura; le ha tocado el turno a un autor japonés, Haruki Murakami ( supongo que le “suena”, se empieza a hablar de él en España). Escribe muy bien o está muy bien traducido y se agradece; se lo recomiendo. Quizás “Tokio blues” sea una buen inicio para conocerlo … o “ Norwegian Wood” Cuesta al principio pero pronto “engancha”. Es a la vez humorístico, un poco surrealista y, sobre todo, muy humano, conmovedor. La lectura de este autor japonés ha tenido la virtud de acercarme a las costumbres de este país de cultura tan enigmática ( para mí) … incluso, aparte de las ganas de volver a escuchar algunas canciones de los Beatles, de Duke Ellington o de Nat King Cole (ya me entenderá si lee a este autor), “sueño” con comida japonesa (hasta ahora no me entusiasmaba).
En lo que queda de verano, tengo muchos libros que me esperan y muy distintos. Me apetece leer el de Vidal Campo. Tampoco me entusiasmaron sus debates televisivos. Los encontré bastante sosos, poco originales. Estoy de acuerdo con lo que escribe, Paz. Pero el tema de este libro suyo parece interesante por la provocación de su título.
En cuanto a “Los buscadores de conchas” … ¡Tranquila! … No es la única “pecadora” … Lo confieso … ¡ también lo leí! … … Además una dosis (pequeña) de romanticismo sienta muy bien … incluso para las superwomen que nos obligan a ser …
¡ Felices lecturas de verano! …