Isaías era asesinado por Eta el viernes 7 de marzo de 2008, en Mondragón, País Vasco, España.
Pensaba en el círculo más íntimo de Isaías, su familia. Me conmovió saber que tenía un hijo de cuatro años. Ya no lo verá crecer. Leí la pancarta de los chavales en su tierra de origen, de la que sus padres salieron, Zamora: ‘Morales de Toro no quiere al terrorismo. Cada vecino era un amigo de Isaías Carrasco y su sangre derramada son lágrimas de un pueblo que te amaba’. Era el expresivo deseo infantil, y quizás de los adultos que estuvieron a su lado para escoger la frase mejor para el momento más dramático, en el Ayuntamiento de Morales.
Ampliaba el círculo de Isaías y me resultaba incomprensible la atroz abstención del asesinato vil de la formación política ANV, una de las representantes de sus conciudadanos en el Ayuntamiento de Mondragón, ciudad que le vio nacer.
Avistando el gran círculo político del país donde Isaías vivió, sentía, nada nuevo y vinculada a tantas personas, que solo en la unión y en el olvido de cualquier resentimiento, de las grandes y pequeñas formaciones políticas españolas, se debería sentar con la máxima urgencia una sólida base frente al terror.
Me escapaba al círculo geográfico de Europa, Isaías fue europeo, y me dolía esta lastimada España que no lograba acabar con Eta. En resto de países europeos la tragedia de la violencia terrorista ha pasado a la historia. Qué nos faltaba en este país, para acabar con esta lacra.
Abstraída de cualquier logo político, mi corazón se enconcontraba apensadumbrado y triste ante la absurda muerte de Isaías.
Hoy 9 de marzo, ya he participado con mi voto en nuestras Elecciones Generales. Ojalá podamos ver en el próximo ciclo político que comienza, el fin de la sinrazón y la barbarie del terrorismo etarra, única rémora violenta en la Unión Europea.