He ido hoy a solicitarle el alta, después de mi cuarta semana en el limbo. Esta extraña enfermedad, que únicamente me ha dejado la señal de falta de fuerza física, hace sonreir a mi médico. Bien pensado me hace caso en todo lo que le pido: ¿Será mononucleosis? “No, tranquilícese. Súbase al Pirineo y vuelva nueva en una semana…” ¿Serán las hormonas del tiroides? “¿no se las solicité en el análisis que le hicimos?” Lo examina ve que no y me comenta: “¡extraña señora que desea pincharse!. Pero no se preocupe, que le pinchen de nuevo y le incluyo el control de esas hormonas que usted sabe…” ¿Cuando estaré al cien por cien? Sí, sí, al cien por cien, para por ejemplo ir en bicicleta los domingos a comprar el pan y el periódico. Hoy la cuesta de salida de mi garaje en bicicleta de momento me parece la subida al Everest. ¿Recorrer con garbo el larguísimo pasillo de mi oficina? Ya lo experimentaré el lunes que viene; de momento me parece kilométrico. Pero cuando estaré recuperada del todo, por favor, señor médico (estoy convencida que es un médico fantástico y así lo confirmo aquí por si me lee); “señora esa es la cuestión, no soy adivino y ya me lo dirá usted cuando se encuentra a su cien por cien”. Así es la vida y las miserias de las pequeñas grandes enfermedades, misteriosas. La mía, no ha tenido el nombre más vulgar que una larga y tediosa gripe.